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NO consulte el MANUAL (4)

26 de octubre de 2012

Transcribo en esta entrada un artículo que escribí en febrero de 2009 para una revista femenina.

FELIZ A CUALQUIER PRECIO

Si el mismísimo Lucifer se te apareciera en el salón y exigiera tu alma a cambio de un deseo que tan solo durara tres horas… ¿qué le pedirías? El mío sería poder volar. A simple vista es un deseo absurdo e inútil, pero si lo piensas es lo único que te falta cuando has conseguido ser COMPLETAMENTE FELIZ.

Hace ya algunos años vendí mi alma al diablo y me convertí en pájaro por unos instantes.  La mera sensación de estar haciendo algo diferente me produjo tal satisfacción que estoy en condiciones de afirmar categóricamente que volvería a repetirlo una y otra vez.

Sobrevolaba entonces los tejados de la noche valenciana con un planeo dulce y placentero, dejándome llevar por la suave brisa marina, cuando algo llamó poderosamente mi atención. En un modesto ático del centro tenía lugar una cena informal en la que piaban acaloradamente, alrededor de una mesa bien preparada, algunos individuos de mi propia especie. Cuatro magníficos ejemplares de Garza Moñuda vilipendiaban despiadadamente a la que, en principio, me pareció una simple Gaviota del Puerto. El cuarteto de zancudas alardeaba, con los picos cargados de hostilidad, de que sus vidas eran perfectas: trabajos bien remunerados, buenos coches, fines de semana libres, viajecito en verano, cenita con la pandilla los sábados, los domingos con los suegros, maridos bien amaestrados…, algunas incluso cacareaban de sus polluelos como si eso las diferenciara del resto de la fauna del planeta.

La gaviota, pobrecita, sencillamente acababa de manifestar abiertamente que este año, en lugar de realizar la migración de sur a norte, como toda la vida, había decidido explorar rutas alternativas. Y es que el camino tradicional ya no le interesaba lo más mínimo. En realidad nadie se lo aseguraba, pero estaba convencida de que siguiendo el consabido itinerario habitual se iba a perder infinitos placeres y experiencias vitales a las que, de ninguna manera, estaba dispuesta a renunciar.

Lastimosamente las indignadas picudas representaban sólo la mitad de los tipos de pájaros que defienden a capa y espada la migración de sur a norte, y punto. Faltaban los que hace tiempo decidí bautizar como felices sin complejos y los educadamente felices, pero claramente podías distinguir a los semi-amargados y a los amargados endémicos. De los cuatro, los primeros son escasos, difíciles de encontrar. Realizan su largo viaje exactamente como está establecido, con todas las paradas, pero se sienten orgullosos de hacerlo y disfrutan enormemente del trayecto. Los segundos simplemente siguen a los primeros intentando parecerse a ellos. Son los más abundantes. Felices a su manera, no pueden evitar preguntarse qué habría pasado si hubieran elegido la otra dirección. La tercera categoría aglutina también infinidad de individuos.  Son los que empezaron su travesía a sabiendas de que se equivocaban—pues su propia naturaleza les guiaba hacia otros horizontes— y al no ofrecer apenas resistencia, se vieron arrastrados irremediablemente por la corriente. Los últimos son los que ni conocen ni entienden la dicha completa. Se alimentan de carroña y desgracias ajenas y odian mortalmente a cualquier pájaro que vuele en dirección contraria provocando las miradas atónitas de la bandada. El número de estos ejemplares crece de forma alarmante.

Y finalmente está la rara avis que ha optado por “jugar distinto” o simplemente por seguir otros derroteros para lograr, en definitiva, lo que todos anhelamos: ser felices. Son esas aves por las que los felices sin complejos sienten admiración, los educadamente felices sana envidia, los semi-amargados rabia y los amargados endémicos cólera y miedo

Conforme la tertulia avanzaba, me acerqué un poco más al grupo y pude ver que, lo que al principio me parecieron extraordinarias garzas, no eran más que vulgares estorninos asustadizos de esos que invaden a millares los árboles de la Gran Vía. Sin embargo, por un leve instante consideré que la del Puerto se asemejaba más bien a una exótica Ave del Paraíso en peligro de extinción. Y no, lo cierto es que seguía siendo una simple gaviota, por mucho que las otras la percibieran como una peligrosa y acechante Águila Imperial…, pero una gaviota feliz. Y eso era precisamente lo que la diferenciaba enormemente de las demás.

El caso es que aquella rara avis, que tanto tenía que ver conmigo, alzó inesperadamente el vuelo dejando a las parroquianas sin plumas y cacareando, y preguntándose de paso si sus vidas en verdad eran tan maravillosas y completas como ellas pensaban. Algo más tarde volábamos juntas hacia casa riendo y charlando, contentas de haber constatado una vez más lo que yo ya sospechaba desde hacía lustros, y es que el miedo a la diferencia produce confusión y rechazo. Cuando se cumplió el minuto cincuenta y nueve de la tercera hora ya estábamos planeando la forma de seguir exprimiendo la vida sin dejarnos, por supuesto, nada en el camino.

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6 comentarios
  1. Paco permalink

    Qué bueno Laura. Has tenido que mezclar la ornitología para hacer tu mejor artículo. Te quiero.

  2. A ti también se te da bien cuando te pones 😉

  3. santamayte permalink

    Pues así es la naturaleza humana,para saber si eres un aguila tienen que haber estorninos.El estilo,impecable.

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